Posts tagged ‘déficit’

febrero 9, 2012

El gran fracaso de las políticas de austeridad

Vicenç Navarro – Consejo Científico de ATTAC España

La falta de diversidad ideológica en los medios (que es especialmente acentuada en los forums económicos y financieros), con un dominio absoluto del pensamiento neoliberal, explica que auténticas frivolidades, fácilmente demostrables que son erróneas o falsas, se reproducen con toda pomposidad y contundencia, ignorando, cuando no ocultando, la evidencia empírica que las cuestiona. Así hemos visto como las políticas de austeridad con recortes de gasto público, incluyendo el gasto público social, que están desmantelando el Estado del Bienestar, se presentan como necesarias para recuperar “la confianza de los mercados financieros” y hacer posible que los Estados puedan conseguir dinero prestado.

Tal proposición, sin embargo, se ha mostrado que es errónea o falsa. La evidencia abrumadora demuestra que los recortes del gasto público no han conducido a la bajada de los intereses de los bonos públicos del Estado. Todo lo contrario, estos intereses han ido aumentando y aumentando hasta alcanzar niveles insostenibles. La evidencia está ahí para todo el que quiera verla. España ha estado recortando el gasto público de una manera muy notable, reduciendo beneficios sociales (reducción que hubiera sido impensable hace sólo cinco años) de una manera muy marcada, aprobándose incluso un cambio de la Constitución Española que en la práctica dificultará la resolución del enorme déficit de gasto publico social que existe en este país. Los intereses de su deuda, sin embargo, han ido subiendo sin que tales recortes hayan tenido un mayor impacto en el nivel de tales intereses. Los intereses de la deuda pública española continúan muy altos (el Gobierno Zapatero justificó los recortes de gasto público indicando que quería prevenir que España fuera intervenida, como lo fue Portugal. Todo ello fue en balde. El Presidente Rajoy indicó hace unos días que hará lo que hizo el gobierno portugués cuando fue intervenido).

Un tanto semejante ha estado ocurriendo en Grecia, donde los recortes han alcanzado niveles que están amenazando la continuidad del sistema constitucional con probabilidad de una revuelta popular en contra del orden establecido. Los intereses de su deuda, sin embargo, han alcanzado niveles imposibles de mantener. Una situación parecida, algo menos dramática, ha estado ocurriendo en Portugal, con reducciones muy notables de las pensiones y del empleo público, así como de los servicios públicos del Estado del Bienestar, todo ello sin que los intereses de su deuda estén bajando a niveles asumibles.

Y lo mismo en Irlanda, donde los recortes en las pensiones (10% de reducción) y reducción de empleo público han sido muy acentuados (entre otras reducciones de beneficios públicos y sociales), sin que los intereses de la deuda bajen a niveles que sean más asumibles para el Estado irlandés. Una situación semejante está ocurriendo ahora en Italia.

Es importante subrayar que todos estos países (llamados PIGS en la literatura anglosajona) se caracterizan por haber sido gobernados por las derechas –incluyendo la ultraderecha (España, Grecia y Portugal)- durante la mayoría del periodo post II Guerra Mundial, lo cual explica que todos ellos tengan unas políticas fiscales muy regresivas, un gran fraude fiscal y un Estado del Bienestar muy poco desarrollado. Tienen unas instituciones democráticas muy débiles y, todavía hoy, las fuerzas conservadoras tienen un gran dominio de la vida política y mediática, con unas derechas poderosas y unas izquierdas débiles y divididas. En todos estos países, el mundo del trabajo es débil y el capital (hegemonizado por el capital financiero) es fuerte.

Resultado de ello es que, en todos estos países, la respuesta de sus Estados a la crisis (que ha disparado el desempleo) ha sido predominantemente mediante recortes del gasto público, y muy en especial del social, todas ellas medidas clasistas que afectan negativamente al bienestar de las clases populares (clases trabajadoras y clases medias). Sólo últimamente los Estados PIGS han intentado reducir los déficits a base de aumentar los impuestos, aunque ha sido predominantemente una subida de aquéllos que afectan principalmente a las rentas del trabajo y del consumo más que a las rentas del capital, acentuando todavía más las desigualdades sociales, siendo éstos países los que tienen mayores desigualdades en la Eurozona.

A pesar de estas medidas, la famosa “confianza de los mercados” no se ha recuperado. En realidad, la deuda pública como porcentaje del PIB ha continuado aumentando desde el inicio de la crisis (2007), sin que los recortes hayan hecho mella en ella. España ha subido desde el 36% del PIB al 68%, Portugal del 68% al 102%, Grecia del 107% al 161%, Irlanda del 25% al 107%, e Italia del 103% al 120%.

El desastre de las políticas de austeridad

Las políticas de austeridad han sido un desastre (y no hay otra manera de decirlo). Y era fácil predecirlo como algunos hicimos. Y era predecible, porque la causa de la crisis estaba en las políticas neoliberales que redujeron las rentas del trabajo (y con ello forzaron el endeudamiento de la población, creándose un problema de escasez de demanda) a costa de un hiperbólico incremento de las rentas del capital, origen del comportamiento especulativo de la banca, pues la baja rentabilidad del capital productivo –consecuencia de la escasa demanda- determinó un aumento de las inversiones especulativas de mayor rentabilidad (tales como la burbuja inmobiliaria).

La concienciación del impacto insuficiente de la austeridad para resolver la crisis (en realidad, más que insuficiente, es perjudicial) es ahora la llamada a que hay que facilitar el crecimiento económico. Pero la manera como ello intenta conseguirse empeorará todavía más la recesión (que en varias partes de los países PIGS es ya una gran depresión). El dogma neoliberal indica que la falta de crecimiento se debe a la escasa competitividad de tales países debido a que tienen unos salarios demasiado altos. De ahí que impongan bajadas salariales, tanto en el sector privado como en el público, como manera de mejorar la competitividad. Pero la evidencia empírica muestra que los salarios reales (no los nominales) han ido descendiendo y, sin embargo, el crecimiento económico ha ido bajando. La famosa “devaluación doméstica” parece que no ha funcionado tampoco. Y es que, tal como están las cosas, tampoco puede funcionar, pues lo que es importante para que tal devaluación funcione no es tanto el salario real, sino el diferencial con los países centrales de la Eurozona, con los cuales España comercia. Si los salarios alemanes continúan bajos (en relación con su productividad), los salarios españoles tienen que bajar mucho más para poder compensar su menor productividad, lo cual conduce a España a una situación imposible, pues tal reducción significa un descenso muy marcado de la demanda, que es el origen del problema. De ahí la incoherencia de reconocer que hay que estimular la economía a fin de crecer de nuevo, y a la vez recortar los salarios y el gasto público, que son los elementos más importantes para que tal estímulo tenga lugar. Creerse que la economía va a ser estimulada a base del incremento de las exportaciones, es olvidar que está pasando en Alemania, el gran “modelo exportador”, donde el crecimiento económico (en contra de lo que anuncia sus defensores) ha sido muy escaso, habiendo incluso descendido en el último cuarto del año. Para exportar hay que importar, y los países importadores también están en recesión.

Vamos, pues, en camino de una Gran Depresión. Hay dos maneras de resolverlo. Una es a nivel europeo, con el establecimiento de una estructura federal que permita unas políticas expansivas, con grandes inversiones encaminadas a crear empleo y establecer las infraestructuras físicas y sociales que estimulen la demanda, basadas en políticas redistributivas, tal como ocurrió a principios del siglo XX, cuando el New Deal permitió salirse de la Gran Depresión y cuando Europa, después de la II Guerra Mundial se recuperó mediante la enorme expansión de gasto público, facilitado por el plan Marshall. Esto requiere un cambio de 180º en las políticas públicas.

La otra alternativa es que los países PIGS salgan de la Eurozona (individual o colectivamente), hecho que, en contra de lo que dicen los medios, es temido por los bancos de los países centrales pues, debido a la dependencia de tales instituciones financieras a la deuda pública de estos países, podría significar el colapso de su sistema financiero. Los países deudores tienen más poder de negociación de lo que son conscientes. Sólo la amenaza de salir del euro tendría impacto en cambiar las políticas de austeridad que hoy están imponiéndose en aquellos países.

El contexto político para permitir el cambio

Para cualquier estudioso de la realidad económica, conocedor de la historia económica y libre del dogma neoliberal que hoy imbuye los forums políticos y mediáticos del país, no es difícil ver qué es lo que debería hacerse para salir de la recesión. El mayor problema, sin embargo, no es económico, sino político. Las izquierdas a principios de siglo, en los años treinta, eran poderosas, estimuladas por una gran agitación social. Fue tal agitación y el poder de las izquierdas las que posibilitaron los programas New Deal que permitieron terminar con la Gran Depresión. Sin desmerecer la importancia del Presidente Roosevelt en la génesis del programa, el hecho es que, tal como el propio Presidente indicó, sin el movimiento obrero presionándolo, el New Deal no habría existido.

Un tanto igual ocurrió después de la II Guerra Mundial, una guerra que significó el fin del nazismo y del fascismo, y que radicalizó a la población europea, y muy en especial a la clase trabajadora, cuya agitación fue determinante para que se establecieran gobiernos de izquierda o gobiernos que no podían ignorar a las izquierdas fuertes en la oposición y en la calle. Es más, la existencia de la Unión Soviética, que, como reconoció Winston Churchill, jugó un papel clave en la derrota del nazismo en Europa, representaba una amenaza al orden capitalista, amenaza que estimuló el crecimiento del Plan Marshall, que facilitó enormemente la recuperación de las economías europeas occidentales.

Hoy, las izquierdas son débiles en Europa, y una causa de tal debilitamiento ha sido la desmovilización de las bases tradicionales de las izquierdas (y muy en especial de las clases trabajadoras) consecuencia de las políticas neoliberales llevadas a cabo por los instrumentos políticos gobernantes que tradicionalmente habían representado a tales clases. El neoliberalismo dentro de la socialdemocracia ha sido la causa de su declive. Y la desaparición de la amenaza de la Unión Soviética, así como la integración de la socialdemocracia en el marco neoliberal, ha roto todas las inhibiciones que el capital haya tenido, iniciando el ataque más frontal a las clases populares y al Estado del Bienestar que haya existido en el siglo XX y XXI. La lucha de clases la está ganando la clase capitalista (hoy redefinida como el 1% de la población) con escasa resistencia. De ahí la enorme urgencia de movilizarse para revertir esta situación. Hoy existe en Europa y en EEUU una gran agitación social, que apenas aparece en los medios. La calle está claramente agitada por movimientos, no sólo de protesta frente a los recortes, sino también de hartazgo en contra de unas instituciones que se autodefinen como representativas de la población y que, en cambio, están llevando a cabo políticas que sólo benefician a este 1% de la población. Este hartazgo representa una amenaza al orden vigente y requiere un cambio de los instrumentos políticos de las izquierdas mucho más profundo de lo que está ocurriendo.

febrero 6, 2012

La crisis de la UE: guía de bolsillo

Una útil guía de bolsillo que explica cómo la crisis de Wall Street se vio agravada por las políticas de la UE y cómo ha enriquecido al 1% de la población en detrimento del 99%, y apunta a posibles soluciones que priorizan a las personas y el medio ambiente por encima de los beneficios empresariales.

Índice

  • Cómo una crisis de la deuda privada se convirtió en una crisis de la deuda pública y en una excusa para la austeridad
  • La forma en que los ricos y los banqueros se beneficiaron, mientras que la gran mayoría perdió
  • Las devastadoras consecuencias sociales de la austeridad
  • La respuesta de la UE a la crisis: más austeridad, más privatizaciones, menos democracia
  • Diez alternativas presentadas por grupos de la sociedad civil para que la gente y el medio ambiente sean más importantes que la codicia empresarial
  • Recursos para mayor información
Fuente: Transnational Institute (TNI) – Noviembre 2011
febrero 4, 2012

El inicio del inicio de un viaje a ninguna parte

Cualquier persona no versada en cuestiones económicas debe andar aturdida con las continuas menciones al déficit público. A esto, inmediatamente hay que añadir que los ciudadanos están siendo confundidos y engañados con el tema del susodicho déficit. El propósito de este artículo es clarificar lo que significa el déficit y desvelar la manipulación que se está haciendo del mismo.Ante todo, el déficit siempre ha de referenciarse a un período temporal, un año por ejemplo, y por ello se habla del déficit de tal o cual año. Todo ente económico -una persona, familia, empresa, ONG, un ayuntamiento, el Estado, el conjunto de las Administraciones Públicas o, globalmente, un país- registra un déficit cuando, en un periodo de tiempo, sus ingresos son inferiores a los gastos realizados. La diferencia tiene que cubrirse necesariamente generando una deuda. Así, por ejemplo, si en el año uno el conjunto de las Administraciones Públicas –formadas por el Estado, la Seguridad Social, las Comunidades Autónomas y los Ayuntamientos- ingresan por 100 y gastan por 120, han de generar una deuda de 20. Si, en el año dos, repiten estas cuantías de ingresos y gastos, el déficit será el mismo y habrán de endeudarse por otros 20, de modo que al final del segundo año, a pesar de repetirse el déficit, la deuda acumulada ya es de 40. Si, en el año tres, los gastos son los mismos, pero los ingresos aumentan a 110, el déficit se reducirá a la mitad, a 10, pero la deuda habrá de incrementarse en estos otros 10, hasta 50. En el cuarto año, si los ingresos suben a 120 y los gastos se reducen a 115, habrá un superávit de 5, que se traducirá en una disminución de la deuda hasta un volumen de 45. Como se ve, la deuda en un momento dado, o si se prefiere al final de un año, es la suma de los déficits incurridos menos los superávit registrados en los años anteriores.

Por ello, para calibrar la situación financiera de un ente económico en un momento concreto, pongamos nuevamente de ejemplo a las Administraciones Públicas, hay que considerar y evaluar simultáneamente los déficits generados y el volumen de deuda que se ha acumulado hasta ese momento. Si se han estado registrando déficits públicos considerables y, al mismo tiempo, el conjunto de las Administraciones Públicas ya tiene acumulada una deuda elevada, que suele medirse en relación con el PIB de la economía, se estará en la peor situación de las posibles. Si se ha incurrido en déficits pequeños o, incluso, algún superávit y el volumen de deuda es reducido, se estaría en una buena posición. Las combinaciones posibles son muy variadas y, entre ellas, puede ocurrir que, estando reduciéndose significativamente el déficit, la posición sea muy delicada, debido a que el volumen de deuda acumulado sea muy elevado. En estos momentos los casos así tienen mucho interés porque, estando los gobiernos de los países de la zona euro obsesionados por la reducción de los déficit públicos, el conseguir dicha disminución no mejorará los problemas financieros de fondo, que están generados por el enorme volumen de deuda pública existente.

Lo límites a los déficits públicos que los países podían registrar anualmente y el montante que sus deudas públicas acumuladas podían alcanzar estaban recogidos en las famosas condiciones de convergencia de Maastricht. Son, respectivamente, el 3% y el 60% del PIB. El establecimiento de estos límites era una exigencia razonable para formar parte de la moneda única, teniendo en cuenta que, a partir de la creación del euro, los Estados no tendrían la posibilidad de recurrir a sus propios bancos centrales para financiar los déficits – ni los Estados ni los demás entes públicos tienen ya esta posibilidad histórica de endeudarse con su banco central. Esto es, lo que se llama monetizar la deuda-. Finalmente, en el euro entraron todos los países que así lo quisieron, con independencia de la situación de sus finanzas públicas y del cumplimiento de los criterios establecidos. Esto constituye una de las debilidades originales de la moneda única y uno de los motivos de la actual crisis europea.

Nuestro país, con respecto a estas dos condiciones, entró a formar parte del euro en una situación comparativamente aceptable. En el año 1998, las Administraciones Públicas tuvieron un déficit del 3,2% del PIB, tras unas correcciones realizadas en los años previos, y la deuda pública alcanzaba al final de ese año, en el momento de nacer la moneda común, un montante equivalente al 63,2% del PIB.

En los años siguientes y hasta el 2007, esta situación mejoró progresivamente hasta la eclosión de la crisis financiera internacional en septiembre de 2008, con la quiebra del banco norteamericano Lehman Brothers. Así y como media, en los seis años posteriores a 1999, el déficit público anual fue de sólo el 0,7% del PIB e, incluso, en el trienio 2005-2007 se registró un superávit medio anual del 1,6% del PIB. La deuda pública medida en términos del PIB registró una caída continua, llegando a descender hasta el 36,2% del PIB a finales de 2007 (conviene resaltar e insistir en que éstas son cifras referidas sólo a las Administraciones Públicas, pues en todo el periodo analizado la economía española estuvo generando anualmente importantes déficits con el exterior, con el correspondiente aumento del volumen acumulado de la deuda de nuestro país frente al resto del mundo. Vistas las cifras del comportamiento del sector público, estos hechos hay que atribuirlos fundamentalmente al sector privado de la economía).

La crisis internacional de 2008 cambió abruptamente el panorama y las condiciones en que se desenvolvían las economías de todos los países. No es éste el lugar para describir la crisis ni el impacto que produjo en las principales economías. Sólo dos hechos a destacar: la descomposición de los mercados financieros levantó el manto que cubría los profundos desequilibrios reales y financieros existentes en la zona del euro. La moneda única había gestado una profunda crisis, que estuvo soterrada por la euforia dominante y las facilidades financieras existentes, pero que hubiera estallado con o sin crisis internacional. Para la economía española, y éste es el segundo hecho resaltable, la crisis ha cobrado rasgos tenebrosos como consecuencia del gran endeudamiento frente al exterior en que se había incurrido desde la creación del euro y de la quiebra de un periodo de expansión económica sustentado en la construcción. La socavada situación financiera española quedó descarnadamente puesta de manifiesto y la economía entró en una depresión con efectos harto conocidos.

La incidencia de la crisis financiera internacional, la recesión y el estallido de la burbuja inmobiliaria tuvo efectos fulminantes y contundentes en las cuentas públicas. De un superávit del 1,9% el PIB en 2007 se pasó a un déficit del 4,5% en 2008. En los años siguientes, el déficit ascendió al 11,2% en 2009, al 9,3% en 2010 y parece que será algo más del 8% en 2011, frente al 6% proyectado por el gobierno socialista saliente. Éstas son cifras de magnitud históricamente desconocida y que, reflejadas en el montante de deuda pública que ha habido que generar, han hecho pasar el volumen de endeudamiento público desde el mencionado 36,2% del PIB en 2007 hasta el 70% alcanzado al finalizar 2011.

Éste es el marco donde se inicia la política del nuevo gobierno del PP, cuyo objetivo, a pesar de sus declaraciones de que está orientada a promover la recuperación del empleo, se ha centrado desde el primer momento en la corrección del déficit público, dando continuidad a la política que, desde mayo de 2010, vino practicando el anterior gobierno, tras de ceder y someterse a las instrucciones emanadas de las instituciones europeas y los mercados financieros.

El déficit público, en efecto, constituye el eje de la política económica en los últimos tiempos, al punto que ha llevado a una alevosa reforma de la constitución, cocinada en pocos días por el PSOE y el PP, para dejar atado el futuro. A partir de ello es donde hay que desenmascarar la reaccionaria, contraproducente e inútil orientación emprendida.

La corrección del déficit público puede intentarse desde muy variadas combinaciones de ingresos y gastos públicos. Esas combinaciones determinan en buena medida el carácter de la política social y son las que permiten hablar del carácter regresivo de la política social de los últimos gobiernos. Por otra parte, no es discutible que una política fiscal contractiva, como la que implica el intento de reducir el déficit público, acaba teniendo una incidencia depresiva sobre la actividad económica -el anuncio de dos años de recesión, lo que, en las condiciones de paro de nuestra economía, es simplemente pavoroso-. Pero, además, todo intento de reducir el déficit acaba por tener un impacto contraproducente en el propio déficit pues la degradación de la actividad y la demanda acaban repercutiendo en los ingresos y gastos públicos, con lo cual se genera un círculo vicioso difícil de superar. Eso está ocurriendo en la economía española y en otras economías europeas -Grecia, Portugal, Italia, Irlanda -, sometidas al mismo intento de corregir el déficit público como necesidad imperiosa e inútil para apaciguar a los poderes económicos europeos.Por la desconfianza sobre la solvencia de casi todos los países europeos, por la crisis financiera internacional y la particular del euro, los tipos de interés que se ven obligados a pagar los países tienden a crecer y, a veces, a dispararse hasta niveles de estrangulamiento, caso de Grecia. Así, los déficits se ven agravados por la carga de los intereses de la deuda, que, dado su volumen, llegan a alcanzar cifras muy significativas del gasto público de cada país.
Cabría decir que la reducción del déficit público en las circunstancias actuales se presenta como la caza de la liebre, que se aleja a medida que nos aproximamos a ella. Pero, en fin, supongamos que, en el caso de nuestro país, se consigue disminuir el déficit público según los proyectos del gobierno. Gobierno que ya ha titubeado respecto a que sea posible reducirlo al 4,4% del PIB en 2012 (el FMI acaba de prever nada menos que un 6,8%) y anda haciendo gestiones por Europa para que el compromiso del 3% en 2013 se aleje en el tiempo, ante la sospecha de que sea realmente imposible conseguirlo (el FMI pronostica más del doble, el 6,3%).

Supongamos, dándole vuelos a la imaginación, que la cuestión del déficit público entra en vías de solución. Con ello, sin embargo, no se habría resuelto prácticamente ninguno de los problemas que suscitan las cuentas públicas. En lo esencial, todo permanecería intacto como consecuencia del volumen acumulado de endeudamiento del sector público. Cada punto de reducción del déficit anual implica unos 10.000 millones de euros, “de ahorro” dicen los neoliberales, de recortes y ajustes habla la izquierda. Esta cifra, respecto a los 700.000 millones de euros a que asciende actualmente el volumen de endeudamiento público resulta insignificante.

Este endeudamiento, formalizado en deuda pública, en préstamos, créditos u otros pasivos, distribuido entre el Estado y los entes territoriales, y en manos de acreedores nacionales o extranjeros, origina una pesada carga de intereses, impone un calendario de amortizaciones y exige unos proyectos de renovación complejos y difíciles, dadas las nuevas condiciones financieras internacionales, surgidas desde la crisis de 2008 y la pérdida de solvencia de nuestro país. Así lo expresan los mercados a través de la prima de riesgo exigida y las agencias de calificación con la degradación de la asignada a la deuda española. Algunas Comunidades Autónomas han dejado de poder financiarse en los mercados y se ha llegado a decir que la deuda pública del Estado español, al margen de los aleatorios e incontrolados movimientos cotidianos, puede llegar a tener la consideración de bonos basura.

La conclusión de todo lo anterior es que el problema tan traído y llevado del déficit, con todas las dramáticas consecuencias que originan los intentos de reducirlo, no deja de ser más que una pequeña rémora de la situación de las cuentas públicas de economía española. Las estimaciones del FMI elevan al 78% del PIB el volumen que el endeudamiento de las administraciones públicas alcanzará al final de este año y al 84%, al final de 2013, unos 840.000 millones de euros. Se podrá decir que otros países europeos están en situación más complicada: es verdad, pero así les va a esos países y así está Europa, destrozada en una crisis global sin salida.

La solución, si no me equivoco y como he tratado de probar, no puede venir por la vía de los ajustes. Las medidas que serán necesario adoptar serán mucho más truculentas y rupturistas de lo que el gobierno y la sociedad en general imaginan. El panorama es muy sombrío e inquietante en lo económico y en lo social, y, en lo que atañe a las cuentas públicas, será también inevitable plantearse recursos hasta ahora impensables, como acudir a una quita, con lo que ello implica de azuzar el fuego de la crisis europea y del descrédito financiero del país.

El gobierno, como dije al principio, nos engaña y nos confunde. Para justificar la medidas fiscales adoptadas, contrarias a lo recogido en su programa electoral, ha recurrido a decirnos que son excepcionales y temporales, pero, si todo empeora como parece inevitable, no habrá condiciones para dar marcha atrás sino todo lo contrario: nuevas elevaciones de impuestos se justificarán por el lento avance en la corrección del déficit. La liebre se escapa de nuevo. Por otra parte, ha emprendido el camino de los ajustes y recortes, vendiendo que son imprescindibles para remontar la crisis, pero, como hemos visto, los intentos de reducir el déficit son contraproducentes y bastante inútiles. El inicio del inicio de este viaje no lleva a ninguna parte, salvo para degradar continuamente la situación económica y social.

La crisis es devoradora. En menos de un mes, ha dejado la credibilidad del gobierno a los pies de los caballos. La crisis no era una cuestión de la desconfianza que suscitaba el gobierno Zapatero, como insistía Rajoy, y un cambio en el ejecutivo no es la solución. En pocos días, han tenido que cambiar su discurso político y renunciar a su programa electoral, sin que estén sacando al país del abismo sino hundiéndolo cada vez más: no tienen otra propuesta que anunciarnos ajustes y recortes sin límite para el bien de España, no de los españoles. Mientras, respecto a la creación de empleo, ya el gobierno da por hecho, como la cosa más natural y menos evitable del mundo, una recesión de por lo menos dos años que nos garantizará, eso sí, más de 6 millones de parados.

En menos de un mes y bastante más rápidos que Zapatero, los del PP han demostrado ser unos mentirosos compulsivos y unos incompetentes peligrosos.

Pedro Montes es economista. Es miembro de Socialismo 21.

enero 31, 2012

“El problema de la deuda española no es de la sociedad sino de los bancos”

Enric Llopis – Rebelión 30-01-2012 – El ciudadano mínimamente atento a los medios de comunicación podría concluir que el Estado Español sufre una crisis crónica de endeudamiento, de la que sólo se saldría con austeridad y terapias de choque. La Catedrática Emérita de la Universidad Autónoma de Barcelona, Miren Etxezarreta, critica este alarmismo y ha resaltado que el problema de la deuda española “no es de los ciudadanos, sino fundamentalmente de los bancos”.

La coautora de los libros “Qué pensiones qué futuro” y “Crítica a la economía ortodoxa”, además de colaboradora del diario Público y del Seminario de Economía Crítica Taifa, ha dedicado su intervención en el cuarto taller de la Academia de Pensamiento Crítico, organizada por Socialismo 21 y El Viejo Topo, a desmontar algunas de las “falacias” que la ortodoxia impone en la actual crisis. Muchas de ellas, en relación con los problemas generados por el endeudamiento.

De entrada, se repite hasta la saciedad que el Estado Español ha de afrontar una grave crisis de su deuda soberana, cuando la tasa de endeudamiento público se sitúa en torno al 66% del PIB. A juicio de Etxezarreta, “no es muy elevada”, más aún si se compara con el 200% de Japón (aunque casi toda financiada con ahorro interno), el 73% de Alemania, el 76% de Francia o la media del 84% en la zona Euro. Además, ha agregado la economista, “la mitad de la deuda pública española está financiada con capital interno”.

¿Dónde radica, entonces, el quid de la cuestión? En el endeudamiento privado y, sobre todo, en la deuda exterior, que se sitúa en el 167% del PIB. “Las empresas españolas han importado más de lo que han exportado; pero, sobre todo, con la burbuja inmobiliaria, la banca pidió créditos al exterior para a su vez conceder préstamos al sector de la construcción; ¿por qué hemos de pagar ahora los ciudadanos esa deuda? No es nuestra, sino fundamentalmente de los bancos”, ha insistido Etxezarreta.

Es más, la deuda externa española (167%) se halla en el mismo nivel que la griega o la alemana, y muy por debajo de la de Reino Unido (413%). Ahora bien, la economía española presenta una dificultad añadida de la que se habla poco en relación con el endeudamiento: la debilidad del sistema productivo. “Los que nos prestan el dinero saben que nuestra economía real tiene problemas muy serios, que actualmente sólo generan valor el turismo y los automóviles; es la resaca de la burbuja inmobiliaria; otros países como Francia o Bélgica, afrontan con más facilidad su endeudamiento exterior porque conservan un sistema productivo más potente”.

Otro mito en relación con el déficit y la deuda pública. Resulta de sentido común que cuando llega la crisis (a España, en el segundo semestre de 2007), caen los ingresos del estado como consecuencia del descenso de la actividad económica. Pero, ¿Qué se oculta tras esta realidad de Perogrullo? Las reformas fiscales que desde principios de los 80 se han acometido en todo el mundo, también en España, y que han vaciado al estado de recursos.

Miren Etxezarreta recuerda que la reforma fiscal de Fernández Ordóñez en 1977 –“importante y necesaria”- situó el tipo más elevado del IRPF en el 66%. En 2006, las rentas más altas pagaban el 42% en concepto de impuesto sobre la renta. Los efectos de las contrarreformas fiscales se visualizan poco mientras perdura el boom inmobiliario, pero con la crisis se hace patente la mengua de los ingresos estatales, y aumenta el déficit. En paralelo, señala la economista, se crearon figuras impositivas especiales para fondos de inversión o SICAV (sociedades en las que los más ricos guardan sus capitales). Así se explica en buena medida que el superávit del 1% en 2007 se tornara en un déficit público del 11,4% en 2009.

También se habla frecuentemente de “rescatar” el sistema financiero. Otra falsedad, según la profesora emérita de la UAB. “Desde el inicio de la crisis el estado ha proporcionado un apoyo masivo a bancos y cajas de ahorro; se dice que hay que salvar el sistema financiero; si fuera así, sería razonable; considero que en el marco económico vigente hacen falta entidades financieras; pero la cuestión es que se salva realmente a los propietarios de los bancos, y aquí está la trampa”. “Hay otras medidas, como la creación de una banca pública, que ni siquiera se han considerado”, concluye la docente.

Otro de los tópicos que ha hecho fortuna es la reducción a caricatura de los ciudadanos de la periferia europea. Si no fuera suficiente con la sigla PIGS (en referencia a Portugal, Italia, Grecia y España), Merkel y la prensa alemana dibujan el estereotipo del laborioso obrero alemán que con sus impuestos financia el buen vivir de los países del sur. Esto legitima para exigir planes de austeridad que garanticen el pago de las deudas contraídas con los bancos alemanes. Según Miren Etxezarreta, “así se oculta que los trabajadores germanos llevan una década soportando reducciones salariales y pérdidas de poder adquisitivo”.

En 2010 Rodríguez Zapatero anuncia severas medidas de ajuste en torno a tres ejes, y con la crisis de la deuda soberana como trasfondo. Se trata de aplicar un recorte presupuestario de 50.000 millones de euros en tres años y dos reformas leoninas: una laboral y otra del sistema público de pensiones. “Pero sólo la primera tiene relación con la deuda y, además, son medidas que en ningún caso se plantean como objetivo la creación de empleo”, apunta la economista, quien añade que estamos “ante un proceso de contrarreformas y recorte de derechos que continúa hasta hoy”.

Uno de los últimos hitos en la escalada al paraíso neoliberal lo constituye la negociación colectiva. “Nos la venden como modernización y flexibilidad, pero cuando oigamos estos palabros hemos de salir corriendo; lo que intentan es fijar unos mínimos a nivel estatal y el resto de los convenios, negociarlos en las empresas; esto, en un país con muchísimas empresas de entre 2 y 15 trabajadores, es gravísimo ya que los trabajadores no cuentan con fuerza para negociar”, destaca Miren Etxezarreta.

Al final, “la economía es realmente simple”, asegura. “Otra cosa es la jerga que emplean los gurús”. Y los mitos interesados. Como el de que no hay dinero para poner en circulación y reactivar la economía. España produce al año el doble que en 1977 mientras que la población ha crecido un 25%. Por tanto, sí hay dinero disponible, pero ¿Dónde está? “En el capital financiero”, responde la docente. “Hay más millones que nunca; el gran problema es cómo se distribuye la renta nacional; está muy mal repartida; y de esto tampoco se habla”.

Las cumbres europeas tampoco representan ninguna alternativa. Según la catedrática de Economía Aplicada, “se han convertido en una algarabía en las que no se resuelve nada; podrían haberse adoptado medidas como la compra masiva de bonos de deuda pública por parte del Banco Central Europeo (BCE) o la emisión de eurobonos para frenar la especulación; pero no existe el menor interés en que la UE funcione como colectivo, y en que los países más poderosos apoyen a la periferia de Europa”.

Hay situaciones, además, que suponen “el colmo del surrealismo”. Como cuando el Banco Central Europeo presta 200.000 millones de dólares al Fondo Monetario Internacional, para que a su vez se los preste a los países de la zona euro; o cuando el BCE no puede otorgar créditos a los países, pero sí a los bancos privados, que los suscriben a un interés del 1% y emplean estos fondos en la compra de títulos de deuda española a intereses del 4-5% o de bonos griegos al 8%. En conclusión, subraya Etxezarreta, “hay un diseño muy claro para destruir las condiciones de vida que habíamos construido tras las luchas de generaciones de trabajadores; y todo para el lucro de una cúpula muy pequeña, que quiere mantener a toda costa su tasa de beneficios”.

Así las cosas, la respuesta se ubica en el campo de la política. Miren Etxezarreta opina que a los problemas del capitalismo actual, “no debemos responder con fórmulas tradicionales; vivimos una etapa de transición en los modos de hacer política y es necesario inventar fórmulas nuevas, como el 15-M; sin embargo, esto no resulta fácil pues llevamos más de 40 años de derrotas”. “Deberíamos confiar en el magma de pequeños grupos, que coexisten en su diversidad y que se han mostrado capaces de organizar grandes movilizaciones como las del 15 de octubre”. En la riqueza de los pequeños grupos y su modo de funcionar alternativo, sin cúpulas ni verticalidad jerárquica, cabe albergar un motivo de esperanza. Muy necesario, porque –concluye la economista- “la lucha de clases no ha terminado”.

Miren Etxezarreta imparte el cuarto taller de la Academia de Pensamiento Crítico organizada por Socialismo 21 y El Viejo Topo. –

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