Lucha de clases y sentido de la vida: el motor de la historia

Iturria: Pedro Antonio Honrubia Hurtado / Kaos – 2013/07/17

El sentido de la vida no solo no es algo del pasado, sino que no podrá serlo nunca. El sentido de la vida es, junto a la lucha de clases, el motor de la historia. O, dicho de otro modo, la lucha de clases no puede ser entendida sin analizar su relación con las cuestiones de sentido de la vida…

Nuestra realidad hoy es el fruto de un proceso histórico, desarrollado a la luz de la lucha de clases, donde las cuestiones de sentido de la vida han jugado un papel fundamental, aunque a no pocos intelectuales hablar en estos términos les parezca propio de un pensamiento irracional  casi primitivo y, por tanto, impropio de la modernidad, donde, se supone, estas cuestiones han quedado superadas y relegadas a espacios privados de alcance personal y subjetivo, desde donde reminiscencias del pasado se pueden hacer presentes con normalidad.

Nosotros, en cambio, pensamos que tal hipótesis no puede estar más equivocada: nuestra sociedad actual no solo maneja sus propios códigos de sentido que le han permitido ser lo que es hoy y funcionar como funciona en la actualidad, sino que, además, sin analizar estas cuestiones a lo largo del proceso histórico que ha vivido occidente en los últimos siglos, es imposible comprender ninguna de las dos cosas: ni el proceso histórico como tal, ni la situación actual.

El sentido de la vida no solo no es algo del pasado, sino que no podrá serlo nunca. Ni en esta ni en ninguna otra sociedad. El sentido de la vida es, junto a la lucha de clases, el motor de la historia. O, dicho de otro modo, la lucha de clases no puede ser entendida sin analizar su relación con las cuestiones de sentido de la vida. Son estas cuestiones las que permiten, en última instancia, que una determinada ideológía de clase dominante pueda ser asumida como ideología hegemónica por el conjunto de la sociedad, sometiendo así a las clases dominadas a los intereses de las clases dominantes, cuyo modelo de sociedad hacen suyo y, por ende, actúan en defensa de los intereses de la clase dominante como si estuvieran defendiendo con ello los suyos propios. Lo que la lucha de clases es en el plano de la realidad material, el sentido de la vida, como reflejo de ésta, lo es en el ámbito de la hegemonía cultural. No hay hegemonía cultural que no se haya basado en cuestiones de sentido de la vida para imponerse socialmente, y no hay proceso de cambio revolucionario real que, a una vez que se desarrolla al amparo de la evolución y los cambios en la estructura económica, no esté relacionado, de una forma o de otra, con cuestiones de sentido de la vida.

La imposición de una hegemonía de clase, principalmente si está basada en el consentimiento como principal mecanismo de acción existencial, toma siempre de las cuestiones de sentido su carácter hegemónico.

Así, cuando los códigos de sentido que son propios de ese modelo hegemónico son mayoritariamente asumidos como válidos por el global de la sociedad, tanto por los miembros de las clases dominantes, como, sobre todo, por los medios de las clases dominadas, el consentimiento, la aceptación social de la hegemonía, es un hecho. En cambio, cuando estos códigos de sentido comienzan a tambalearse, incluso aunque la hegemonía se pueda seguir sustentando sobre la imposición de la violencia, la represión y la coacción, tal hegemonía habrá entrado en una profunda crisis de la que difícilmente podrá salir victoriosa a la larga, salvo que sea capaz de volver a imponer sus códigos de sentido como mayoritariamente aceptados y compartidos por el conjunto de la sociedad, ya sean los mismos que habían dejado de ser efectivos y habían provocado la crisis de hegemonía, ya sean otros que resulten de la reformulación y adaptación al proceso histórico de esos primeros, o ya sean unos nuevos que nazcan a la luz de lo acontecido en las luchas sociales y políticas, así como en las transformaciones de tipo económico, que son propias a todo periodo de crisis de hegemonía. Un periodo en el que, como afirmase Gramsci, los viejo no termina de morir y lo nuevo no acaba de nacer.

Por ello, los momentos más potencialmente revolucionarios, entendiendo por revolución el avance hacia un cambio de modelo que contenga cambios de orden cualitativo y no meramente cuantitativo, no son, lejos de los que se pueda creer desde una perspectiva marxiana clásica, los momentos de mayor penuria en la condición económica de las clases explotadas, sino los momentos donde, unida a los condicionamientos económicos, la cuestión de sentido entra en crisis, donde los sujetos de una sociedad se rebelan contra el sistema socio-cultural hegemónico, cuando ya no aceptan como eficientes los criterios socio-culturales de sentido impuestos por las clases dominantes. Gramsci lo llamaría crisis de hegemonía. Si bien es cierto, claro, que cuanto peores son las condiciones económicas de la sociedad mayor será la posibilidad de que tal sociedad, al menos en lo que toca a sus clases dominadas, acabe por perder la confianza en la plena incuestionabilidad del sacro hegemónico establecido y, en consecuencia, deje de hacer suyas las respuestas de sentido que emanan de él.

Cuando la vida del hombre carece de sentido, mejor dicho, cuando el sistema socio-cultural impuesto ya no es capaz de satisfacer las exigencias de sentido vital de la mayoría de sus ciudadanos, cuando el modelo sacro/religioso hegemónico dejar de ser absoluto e incuestionable per se, entonces la revolución, no solo política o económica, sino en su máxima expresión como revolución civilizatoria, está próxima, es inminente. Por el contrario, mientras las clases desfavorecidas encuentren acomodo en el sistema social que los explota y ello quede justificado por una cuestión de sentido, ya pueden ser periodos de hambre y penuria, de recortes sociales o cualquier otra forma de ataque contra los derechos e intereses de las clases explotadas, que pocos serán los cambios en el sistema económico y social imperante ya que, pareciera, lo que más atormenta al ser humano a lo largo de la historia no es el hambre, que es ley de la naturaleza buscar comida cuando no se tiene, si no el desconocer la finalidad de su existencia. El hambre produce revoluciones políticas coyunturales que, incluso, pueden llegar a ser reversibles y remplazadas con el tiempo por aquel mismo modelo político y económico al que habían conseguido derrocar temporalmente -como trístemente sabemos por propia experiencia en nuestra historia socialista revolucionaria-, pero solo la decadencia en los modelos de sentido produce revoluciones civilizatorias. La historia está llena de ejemplos.

No es, pues, como pensaba Hegel, la lucha por la libertad y el reconocimiento lo que mueve la parte “thymótica” de la existencia en su evolución, como motor de la historia, a través del proceso histórico. Es la capacidad -o no- que tenga una determinada ideología dominante, es decir, vinculada a una determinada realidad concreta expresada en lucha de clases, de someter tales deseos a los códigos de sentido que le sean propios como ideología dominante, viendo con ello los individuos saciados sus deseos más profundos, incluidos aquellos que nacen de la lucha por la libertad y el reconocimiento.

Tales deseos no son ni podrían ser nada, de no ser por su vinculación con la lucha de clases, es decir, por su relación entre diferentes sujetos, integrantes de diferentes clases sociales, que representan intereses antagónicos, y que, efectivamente, solo pueden ser entendidos, unos y otros, sobre su comparación con su opuesto, pero no desde la base de querer y poder apoderarse, como expone la dialéctica hegeliana, de aquellas cosas que son también deseadas por quienes no pueden poseerlas ni apoderarse de ellas cuando otro ser humano ya lo ha hecho, sino desde la percepción que cada cual pueda tener de su capacidad para controlar -o no- el devenir de su propia existencia, la capacidad para satisfacer –o no- sus propias necesidades vitales y, por supuesto, su relación con la propiedad -o no- de los medios de producción que han de servir para abastecer de lo necesario para la satisfacción de tales necesidades.

Las clases dominantes son clases dominantes porque existen clases dominadas, y los sujetos de las clases dominantes solo se pueden reconocer como tales porque existen sujetos a los que pueden percibir como dominados, eso es cierto. Pero, precisamente, por esa misma razón, si fueran la lucha por el reconocimiento y la búsqueda de la libertad, en sí mismos, los valores y motivos que mueven al hombre a actuar y a mover la historia, a llevarla desde unos estados civilizatorios a otros, nunca el sujeto de las clases dominadas aceptaría someterse, por consentimiento, al orden social representativo de los intereses de clase de la clase dominante, pues, en su comparación con ésta, se reconocería a sí misma como clase dominada, y ello impediría que pudieran sentir saciados ni sus deseos de libertad ni sus ansias de reconocimiento respecto a ese otro -como afirma Hegel-, pues ni es libre ni es reconocido socialmente aquel que es excluido del poder político y económico y es relegado a una situación de sumisión y explotación, y si en algún momento acepta tal situación como válida o natural, no será porque su miedo a la muerte o cualquier otra cosa semejante le haya paralizado en su afán de ser reconocido o en su lucha por la libertad, sino que será porque el “otro”, la clase dominante, habrá conseguido convencerle, por vía del sentido, de que así lo haga.

Lo que fusiona en un mismo proyecto histórico a dominados y dominantes, no es ni el Estado –como afirma Hegel- ni la coacción que se pueda imponer a través del mismo, es el sentido de la vida, son las hermenéuticas de sentido que se desarrollan  al amparo de la dialéctica existente entre los deseos e intereses de las diferentes clases sociales, pero expresada en forma de hegemonía cultural, política, económica e ideológica de la clase dominante.

El Estado es un mecanismo más en manos de las clases dominantes, pero por sí mismo no es capaz de poder garantizar la unión de intereses, en un mismo proyecto histórico, o, mejor dicho, la confusión de intereses de las clases dominantes y las clases dominadas en un mismo modelo de sociedad histórica. De hecho, cuando ha logrado hacerlo no ha sido sobre la base de su capacidad de coacción, sino sobre su transmutación ideológica en un proyecto colectivo, de tipo emocional y profundamente vinculado con cuestiones de sentido, como es la “nación”, agente ideológico que otorga sentido de identidad y pertenencia, esto es, sentido, a la vida de las personas, y que absorbido por la ideología burguesa en no pocas ocasiones consigue confundir al individuo de la clase dominada y hacerle creer que forma parte de un mismo proyecto común de intereses colectivos no determinado por relaciones de clase, sino por la común pertenencia a una misma colectividad de intereses: tal cual ha sido y es el modo de funcionamiento del nacionalismo burgués como ideología.

La dialéctica del amo y el esclavo de la que Hegel nos habla no puede ser, pues, una simple cuestión de deseos innatos, de luchas por la satisfacción de estos o aquellos deseos, sino una cuestión de realidades materiales y sociales, reflejada, como bien viese Marx, en forma de lucha de clases. La lucha de clases es el motor de la historia y se expresa, desde el punto de vista del “thymos”, no en deseos satisfechos o insatisfechos, sino en cuestiones de sentido que sirven para anular o enmascarar éstos, independientemente de que estén o no estén satisfechos. De hecho, mientras exista un código de sentido que se imponga como hegemónico, tales deseos no podrán aparecer, ante la consciencia de los hombres, sino como satisfechos.

El intocable de la India que se sienta satisfecho con su condición de tal, porque esté firmemente convencido de que es un producto del karma y que, por tanto, debe asumirlo así, y actuar en consecuencia, para poder evolucionar, en la siguiente vida, hacia otra de las capas superiores de la sociedad hindú, jamás de rebelará contra el sistema de clases que hace posible esa realidad social, ni despertará deseos ni de libertad ni de reconocimiento alguno, tampoco se verá como esclavo, ni como un marginado, ni como un oprimido, y si alguno de estos pensamientos apareciera, si no le hace dudar de tales códigos de sentido que dan explicación y valor a su realidad subjetiva como miembro de una clase explotada, humillada y marginada, serán rápidamente anulados por el efecto de sus propias creencias y sus propios códigos de sentido interiorizados. Los guerrilleros maoístas, en cambio, que han dejado de creer en tal modelo de sentido, sí están dispuestos a luchar a muerte contra el sistema político y económico que hace posible la división de clases en la India, y no porque les mueva ningún deseo innato de libertad o reconocimiento, sino porque han comprendido que la libertad de los oprimidos solo podrá venir de la mano de la derrota de los opresores y el derrocamiento del sistema político y económico que los ampara, incluido, por supuesto, el propio código de sentido que le es inherente y que sirve para que otras muchas personas que siguen creyendo en él, pese a ser de clases oprimidas, no piensen siquiera en liberarse de su situación, pues para ellos tal liberación se deberá dar en la próxima reencarnación y no en esta vida de miseria y explotación que viven ahora. Ningún guerrillero creerá verdaderamente en el karma ni en nada de la metafísica hinduista que justifica el sistema de castas.

Así, como afirma Zizek, “cualquier universalidad que pretenda ser hegemónica debe incorporar al menos dos componentes específicos: el contenido popular auténtico y la deformación que del mismo producen las relaciones de dominación y explotación. […] La hegemonía ideológica no es tanto el que un contenido particular venga a colmar el vacío universal, como que la forma misma de la universalidad ideológica recoja el conflicto entre (al menos) dos contenidos particulares: el popular, que expresa los anhelos íntimos de la mayoría dominada, y el específico, que expresa los intereses de las fuerzas dominantes.[1].

Las clases dominantes, cuando uno de estos proyectos tiene éxito, consiguen así imponer su ideología dominante sin necesidad de que ésta exprese únicamente la defensa de sus intereses de clase, sino que también es capaz de abrir un espacio, real o imaginado, para que los sujetos de las clases dominadas puedan verse reflejados en lo propuesto, a nivel de códigos de sentido, por tal ideología dominante, y, con ello, puedan sentir que sus deseos más profundos, tanto a nivel de identidad, como a nivel de reconocimiento, como cualquier otro deseo que pueda adquirir un carácter similar (el deseo de pertenencia a una comunidad que comparte un proyecto de vida y unas finalidades históricas colectivas, por ejemplo, citado por Zizek como clave en el éxito del fascismo entre las masas de varios países durante la primera mitad del siglo XX), se están viendo plenamente satisfechos. Ello, finalmente, genera una adhesión emocional del sujeto al normal funcionamiento del sistema que garantiza su implicación no solo en el normal funcionamiento del mismo, sino, llegado el caso, incluso en la defensa del mismo de cualquier peligro que pueda amenazarlo.

La lucha de clases, pues, es el motor de la historia. Pero esa lucha de clases tiene una forma de hacerse presente en los hombres ante la historia, y esa forma no es otra que las cuestiones relacionadas con las hermenéuticas de sentido hegemónicas, con las cuestiones de sentido de la vida. La lucha por apropiarse de la hegemonía cultural, expresada en forma de hermenéutica de sentido dominante, es una manifestación fundamental de la lucha de clases, es, ella misma, lucha de clases. Las clases sociales no solo se enfrentan por el control de los medios de producción, sino que lo hacen también -deben hacerlo- por el control del dominio sobre las cuestiones de sentido de la vida. Cuando una de ellas consigue apoderarse de tal control e imponer como hegemónica su propia ideología expresada en forma de hermenéutica de sentido, su control sobre el resto de clases sociales, y, por tanto, sobre los medios de producción, está garantizado.

De la misma manera, si una clase dominada quiere derrocar a la clase dominante, además de ser absolutamente necesario que sus integrantes hayan dejado de asumir como propio el marco de sentido que les estaba proporcionando como válido y universalmente aceptable la clase dominante, debe de luchar también por imponer su propio código de sentido dominante, y solo en aquellos casos donde la sociedad pudiera funcionar sin la existencia de clase social alguna, porque la acción de las clases dominadas, en su lucha contra el poder de las clases dominantes así lo haya logrado, la hermenéutica de sentido que sea propia de esa sociedad no expresará hegemonía alguna, sino el verdadero estado de la evolución histórica en que el antagonismo de clase habrá dejado de existir y, por tanto, el proyecto de sentido será verdaderamente un proyecto colectivo donde los intereses de todos los miembros de la sociedad se fusionan en un mismo proyecto histórico.

Se dará entonces una hegemonía cultural y una hermenéutica de sentido que ya no será el reflejo del dominio de una clase sobre otras, sino la expresión simbólica, en el mundo de las ideas y de la consciencia social, de la inexistencia de dominio, esto es, de una sociedad basada en la justicia social, la cooperación mutua, la igualdad y la solidaridad: “de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”.

A su vez será esa sociedad donde los sujetos que en ella vivan ya no darán sentido a sus vidas a través del egoísmo, el individualismo o la competitividad, pues, de acuerdo a las propias necesidades del sistema productivo, convertidas en hermenéutica de sentido como expresión ideológica de tales necesidades, serán la solidaridad, la cooperación, la identidad en la igualdad y la confianza en la justicia social lo que hará de esos seres humanos los sujetos virtuosos que la propia estructura económica de la sociedad demande, y, con ello, no habrá el menor espacio ni al conflicto social por cuestiones económicas ni a la cosificación de los seres humanos por el efecto de su tener, esto es, expresados a través de tales relaciones de posesión, en la terminología de Fromm, como meros exponentes del modo de existencia vinculado al tener, sino que será la sociedad del ser humano en su máxima expresión como sujeto referido al modo de existencia del ser: el sujeto comunista.

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